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El blog literario latinoamericano

viernes, 22 de febrero de 2019

 Blog de Pablo Raphael

El lenguaje político del fútbol

imagen descriptiva

Foto aparecida en El País


En el largo transito del coliseo al estadio hemos dejado atrás casi todo. De lo rupestre quedan aún los toros que caen de rodillas ante la tortura, pero también queda la sensación de mirar a un gladiador cada vez que el semidiós futbolero de turno alza la mano y responde a los vítores de su público. Lo cierto es que el poder y el deporte comparten un corazón antiguo y, como en todas las historias de los amores que perduran, ese amor ha logrado cambiar para mantenerse. Más allá de pensar que Lampedusa tiene nombre de técnico, basta poner como ejemplo la relación entre los gladiadores y el César de la actualidad. Antes, los jugadores de fútbol hacían fila para subir al palco presidencial y recibir el reconocimiento del poder, ahora es muy común que el César baje a la arena para saludar a los semidioses que lo legitimen y reconozcan. El mensaje es la cancha y su alfombra de césped: tratar a un semidiós de tú y hacerse una selfie con él, garantiza tu espacio en las alturas y el afecto desde la grada. O al menos el respeto de las redes sociales.


   Hagamos un alto en el centro del estadio donde empezó un nuevo partido. Estamos cumpliendo medio siglo de los movimientos estudiantiles que le dieron la vuelta al mundo. Se dice que a partir de ese instante producido por los “siempre jóvenes” del 68, la democracia y los ciudadanos se abrieron paso hacia la construcción de sociedades más igualitarias ¿Es verdad? ¿Qué ha cambiado desde que finalizó el siglo XX y con casi dos décadas de siglo XXI encima? ¿Qué nuevas formas de ciudadanía se han construido desde aquel movimiento mundial que nació en la primavera de 1968? ¿De verdad el mundo se une por un balón? ¿Qué es lo que ese balón une?


   Tras la manera en que la matanza de Tlatelolco marcó a las Olimpiadas de1968, el Mundial de 1970 fue un intento por presentar la cara de un México renovado, con una dinámica internacional orientada a los no alineados y el llamado tercer mundo y tan fresca como la guayabera. Simultáneamente, en el planeta empezaba a gestarse una comunidad de naciones que aspiraba a borrar las fronteras y a reconocerse en condiciones de iguales. Sin embargo, en aquellos momentos, la llegada de la globalización comercial era apenas una larva que se incubaba en los laboratorios del mundo. La palabra antidoping ni siquiera existía.


   El Mundial de 1970 fue perfecto, no hubo un solo expulsado, los cuatro finalistas ya habían sido campeones del mundo (Brasil, Italia, Alemania y Uruguay) y los mitos llamados Pelé, Banckerbuer y Bobby Charlton hicieron de esos días un mito que aún se recuerda en las memorias de los cronistas deportivos, de hechos y de Indias. Mientras Edson Arantes do Nascimento regalaba al mundo la felicidad del “jogo bonito” los brasileños bautizaban ese año como el “de las 20 mil torturas” incluida la de la hoy expresidenta Dilma Rousseff.


   De igual manera, el Mundial de 1978 en Argentina, representó la oportunidad para el dictador Rafael Videla de mostrar al mundo como los habitantes de su país podían vivir en paz ye calma con su régimen. Si lo comparamos con la actualidad, los cambios han sido radicales. Aunque la relación del fútbol y la geopolítica siguen formando parte del proceso mundial, los estados nación de la época (democráticos o autoritarios) se fueron transformando todos en la homogénea comunidad de estados de mercado. Supongo que Vladimir Putin está contento. No es Videla, en su mayoría los jugadores de la selección rusa nacieron después de la URSS y su amado líder encarna al estado nación, al estado autoritario, al estado democrático y al estado empresarial, en un solo y contradictorio sistema. Buen negocio ser un equipo con tan distintos jugadores y que en el arduo ejercicio de mirar dónde quedó la bolita, nadie esté hablando de las sanciones económicas por su comportamiento en el conflicto de Ucrania y la anexión de Crimea; la intervención rusa a favor del régimen sirio; los escándalos digitales de manipulación en las elecciones norteamericanas, el independentismo catalán y el Brexit o el escándalo del espía asesinado que costó la expulsión de 22 diplomáticos rusos del Reino Unido. Aunque, antes de empezar la justa, la primera ministra Theresa May anunció que ningún representante de la familia real asistiría al Mundial de Rusia y que el gobierno inglés rompería todos los contactos bilaterales de alto nivel entre el Reino Unido y la Federación Rusa, hubiera sido todo un gesto de dignidad que once ingleses entraran en el corazón de la Rusia de Putin para disputar la final. Aprovechando el mundial, la jugada podía convertirse en todo un ejercicio de distensión. Ir por el tercer lugar nunca es lo mismo.

   Regresemos la mirada un poco atrás. En 1990, al año siguiente de la caída del muro de Berlín, el Partido Comunista Italiano cambiaba de nombre por Partido Democrático de Izquierda y la última Alemania Federal ganaba el mundial de Italia. En 1994, mientras los Estados Unidos preparaban la inauguración del primer mundial en su país, el otro fútbol se teñía de sangre por los asesinatos de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, adjudicados al jugador de fútbol americano, O.J. Simpson. En esos meses, Bill Clinton y Boris Yeltsin firmaban los Acuerdos del Kremlin, que al detener la carrera de los misiles nucleares, ponían punto final a la Guerra Fría.


   Ahora que el equipo de Trump no está en el ánimo mundial ni del Mundial, es un buen tiempo para que los norteamericanos piensen cómo quieren regresar para el 2024, ya que una cosa es que ese torneo se realice con un muro que separe a los vecinos Estados Unidos, Canadá y México y otra muy distinta es que el evento sea organizado por una comunidad de socios, aliados y amigos.  


   La historia de los símbolos en el fútbol es muy larga. En el proceso de transformación de su lenguaje hemos visto un conflicto entre Honduras y El Salvador llamado “La guerra del futbol” que puso a la luz las tensiones existentes entre estos dos países; hemos visto a un futbolista colombiano asesinado por el narcotráfico tan sólo por haber fallado un penal; hemos visto a un francés descendiente de argelinos defender el honor de su madre con un cabezazo; hemos visto una guerra de honor por las Malvinas entre Inglaterra y Argentina, durante el mismo mundial que la mano de Dios anotó un gol sobrenatural; hemos visto a un país entero rechiflando el enojo por lo sucedido en la Ciudad de México durante los terremotos de 1985; hemos visto al Atlético Nacional de Medellín honrar y ceder la Copa Sudamericana al equipo Chapecoense de Brasil, cuando, de camino a la final, casi todos los miembros de ese equipo perdieron la vida en un accidente aéreo; hemos visto a un equipo quedarse sin director técnico, seducido por el capital antes que por la patria (cosa nueva); hemos visto al equipo de Israel teniendo que clasificar para el mundial en la confederación europea (UEFA), ya que no es bienvenido en la Confederación Asiática de Futbol, particularmente en la Federación de Futbol del Oeste de Asia (WAFF) donde juegan los países de su zona. En la mesa se pone la duda de cuál será la respuesta de los países árabes si Israel califica para el mundial de Catar.   


   ¿Y qué hay de las causas ciudadanas, el respeto a los derechos humanos y la diversidad? Del mismo modo, hemos visto como todas las causas sociales, los movimientos ciudadanos, la defensa de las libertades y contra la discriminación encuentran su espacio en la cancha.

   Hace unas semanas me subí a un taxi en Lisboa. Después de cruzar opiniones sobre la profecía de los Simpson donde Portugal y México se enfrentarían en la final, el taxista me felicitó por el triunfo de mi país contra Alemania. Luego bajó el volumen de la radio para decirme: “lo que los países amigos de México no podemos entender es eso que ustedes hacen contra el árbitro. La homofobia no es ninguna cortesía”. Aquello que para los mexicanos se convirtió en gran debate sobre los modos de hablar, la moral y las fórmulas coloquiales, para el mundo es lo que es: un insulto. Para el mundo el grito de “puto” y que los futbolistas de la selección nacional tengan relaciones con los agentes dedicados a la trata y el tráfico de personas y que, además en alguna ocasión, la Federación Mexicana de Futbol haya alterado la edad de los jugadores para participar en un campeonato juvenil, no sólo son trampas que afectan el prestigio de un país, es una forma de verse la cara y, frente al espejo, descubrir que el engañado es uno mismo.


   De igual manera, en el pasto flota la doble moral y el racismo. Ya lo vimos con los ataques que, en su momento, padeció Samuel Eto´o. Ya conocemos a las hinchadas que emulan la vida ultra del fascismo y que al final de su brazo estirado, sujetan una cerveza. Pensando en ese racismo, pero también en el miedo y los fenómenos migratorios, digno es de pensarse lo que sucede en Francia. Al mismo tiempo que el país galo endurece su política migratoria, especialmente contra ciudadanos provenientes de los distintos países de África, les bleus convierten a su selección en héroes de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sin felicitarse por la diversidad de su origen: Congo, Camerún, Guinea, Nigeria. Malí, Togo, Angola, Marruecos y Senegal. Países de donde proviene la mayoría de los integrantes del equipo francés. Y de sus inmigrantes.


   Hagamos un zoom al estadio y usemos la barra (ese antídoto contra la posverdad) para ver en cámara lenta los gestos de una leyenda. Treinta y dos años después de su mundial histórico, Diego Armando Maradona remilga desde su butaca por el supuesto mal trato dado a los colombianos en favor de los ingleses. En su corazón laten las Islas Malvinas. Mientras que el 25 de septiembre de 1991 se firmaba la declaración conjunta de los gobiernos de Argentina y del Reino Unido para poner fin al conflicto de las islas, Maradona era detenido en Buenos Aires por posesión de cocaína y Croacia declaraba su independencia y empezaba un largo camino hacia la soberanía plena.

   En el mismo estadio en que este Maradona embrutecido se rasga las vestiduras, hay una mujer que luce una camiseta ajedrezada en rojos y blancos, que ha pagado de su bolsillo las entradas, su pasaje de avión ye el hospedaje. También ha pedido licencia sin goce de sueldo a los órganos de control de su país, ya que actualmente es la presidenta de Croacia. Se llama Kolinda Grabar-Kitarović y se ha convertido en el alma que impulsa a su equipo. En esos momentos y para el resto del mundo, Croacia sufre una metamorfosis y se convierte en la Urugay europea capaz de ganarle a un Goliat histórico como la Francia de les bleus. Uno de los países más jóvenes de Europa quiere un “maracanazo” (en este caso “luzhnikinazo”) contra el país más grande de Europa. Pareciera que en un mundo donde las potencias hegemónicas de ayer apuestan por mirarse el ombligo, la periferia puede jugar papeles centrales e incluso ganar un mundial. Gran lección para el nuevo paradigma. De cualquier forma, la final será histórica a partir de una disyuntiva: O los franceses se quitan “deportivamente” el karma de Waterloo y conquistan a Rusia y su zar o bien una antigua república de la URSS se hace de la copa en la antigua capital de la Unión.

   Entretanto Kolinda Grabar-Kitarović aprovecha las horas antes de la final  para firmar acuerdos de colaboración con Rusia y visita a su equipo para darles ánimos. Las redes sociales la admiran y su nombre sube de ranking entre las entre las 19 mujeres que gobiernan algún país en el mundo. Nada que felicitar aún si entendemos que los gobiernos encabezados por mujeres representan apenas el 10% del planeta. La batalla del feminismo continúa y en el caso del futbol se juega en otras canchas que también apuestan por la igualdad de género. Ejemplo de ello son las neozelandesas, quienes lograron que las jugadoras de fútbol ganasen lo mismo que los jugadores. A las neozelandesas le siguen las danesas, que tienen en jaque a la Federación de Fútbol de Dinamarca. Un mundial de hombres no es un mundial de mujeres y hablar de igualdad en este deporte suena todavía a quimera. Aunque parezca mentira, no importa, el voto femenino también parecía un imposible en su momento. La puerta se abrirá por los árbitros mujeres y el mundo se quedará con la boca abierta cuando llegue una directora técnica a encabezar alguna selección. Es probable, deseable, que eso suceda en Catar. También llegará el momento en que la diversidad sexual no sea un tabú que aún permanece encerrado en los casilleros o que el futbol femenino se encuentre con el masculino, jugando partidos de igual a igual.

   ¿Y qué hay de la esperanza? Cuando descubres que un milenial como Luka Modrić, además de ser un astro del Real Madrid y de su selección, fue un niño que presenció el fusilamiento de su abuelo, escapó de un campo de concentración, estudió ingeniería en recursos hídricos y hoy lleva una empresa que imprime prótesis para niños amputados, la respiración y la esperanza regresan al cuerpo. Cuando revisas la prensa y lees que ese mismo jugador está acusado de falsedad de declaraciones en un caso de corrupción en su país, te dan ganas de ver la tarjeta amarilla (dando el beneficio de la duda) o de tirarte al suelo y llorar como Neymar.

   Silencio. En la vida como en el fútbol, siempre tendremos tiempo de recuperación, porque este deporte es la metáfora perfecta del mundo y lo que sucede en él.

[Publicado el 13/7/2018 a las 16:57]

[Etiquetas: Basketball USA NBA Betting Rusia 2018, lenguaje, fútbol y política]

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Universo y cuerpo de la lengua

Somos lenguaje, aunque primero fuimos células. Luego nacimos como animales hasta que nos convertimos en humanos atrapados en una red de significados vueltos memoria. Si hurgamos en nuestros primeros recuerdos comprobaremos que están íntimamente relacionados con el tiempo en que aprendimos a esgrimir la lengua, a nombrar el mundo y sus cosas. El habla es el núcleo de la memoria.

Clarice Lispector inicia La hora de la estrella diciendo que “todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria estaba la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. No sé cómo, pero sé que el universo jamás comenzó”. Del mismo modo, es imposible recorrer la línea completa que nos lleva al origen del lenguaje y su universo atemporal de signos. Algo que asumimos como si siempre hubiera estado ahí.

La relación entre los recuerdos y el lenguaje define no sólo a la identidad sino también la posibilidad de explicarla. Así, además de ser universo el lenguaje también nos crea como sujetos. Estamos hechos de palabras y la escritura es el ADN que le otorga raíz a nuestro cuerpo textual, ese espejo mutable de lo físico y su oralidad también mutable. No por nada la lengua se llama lengua: músculo con que articulamos texto y cuerpo. Un signo dijo sí a otro y nacieron los idiomas. En este sentido, intentar transformar intencionalmente la potencia del cosmos idiomático resulta banal. Cuando se pone de manifiesto la angustia ante el futuro de la lengua; cuando se arrojan amenazas sobre la estabilidad de la gramática y el miedo a la revolución digital acusa la simplificación del idioma; cuando los defensores de la pureza se asustan ante la invasión que otros idiomas hacen de la lengua española o cuando las campañas de lo políticamente correcto apuestan por defender derechos de género en el terreno del lenguaje, vale la pena preguntarnos: ¿existe el derecho a hablar como hablamos? En palabras de Leopoldo Valiñas, la respuesta está en decir que más que pertenecerle a la lengua, el léxico pertenece a los hablantes. Ahí radica su potencia incontrolable.

Al igual que todos los idiomas, el español es el resultado de la prostitución de las lenguas con que se anuda su tejido. La moneda de intercambio que representa un idioma pasa de voz en voz hasta convertirlo en otra cosa, ya sea lengua culta, slang o un nuevo idioma. El peso fundacional del latín transformado en lenguas romances fue producto de un intercambio lento con los dialectos locales. Del mismo modo la relación del español con el árabe o el náhuatl, el catalán o el inglés, tuvo su sino en el idioma que, siendo el mismo, es tan distinto en los más de 22 países donde se habla español. Lo local enriquece a lo global del mismo modo que la cultura popular global se esparce en cada rincón del planeta. La revolución digital no será la excepción: como sucedió con el tren de la revolución industrial, nadie podrá detenerla, incluidos los vagones del lenguaje. En este sentido, tengamos claro que el devenir del habla y la escritura no es una dialéctica sino una transformación en continua expansión y contracción simultáneas: como un vientre pariendo, por eso se llama lengua materna. El miedo a la perdida de la pureza se cura revisando la historia de los idiomas; la gramática (que pertenece al ADN de la escritura) tiene su propia epigénetica, es decir, factores externos que modifican la información que nunca es fija porque el lenguaje escrito y hablado son materiales volátiles que siempre se transforman.

Cuando lo políticamente correcto cruza el espejo del lenguaje, suele aparecer del otro lado convertido en algo parecido a una guerrilla conservadora.  El derecho a hablar como hablamos entiende al lenguaje de género como una imposición de diseño cuya verdadera batalla está en otro lado, afuera del espejo, en el terreno de las cruzadas que garanticen la igualdad en la diferencia. Tanto se equivocan quienes acusan al feminismo de enemigo de la literatura, como quienes pretenden modificar genéticamente un cuerpo en movimiento perpetuo como lo es el idioma. Los defensores del discurso los-las quizá obtengan un triunfo en el discurso político, pero no en la cotidianeidad. Su pretensión de ganar batallas fáciles por encima del enorme reto de construir la igualdad, en realidad se traduce en la vía más cómoda para abstenerse de producir el cambio social trazado por el propio feminismo, cuya revolución fue la más poderosa del siglo XX. En este tema quizá sería bueno hacerse un par de preguntas para el futuro: ¿Subrayar la diferencia anula la diferencia? ¿Alargar las frases en aras del reconocimiento de lo femenino y lo masculino es un gesto de igualdad o en realidad es una reivindicación que no tiene muy claro en qué palabras poner su acento? En cualquier caso, el idioma no es el enemigo.

Pensemos en un ejemplo que viene del inglés. Para cambiar la Historia habría que lograr que también se dijera Herstoria, para terminar con la cultura patriarcal no hay que fabricarle un doble en femenino sino edificar espacios sociales cargados de la habilidad femenina y la potencia y el ambiente que es capaz de producir ¿Debemos censurar el derecho a hablar como queramos? La libertad nunca es una forma de control. De las tres misiones de la RAE (limpia, pule, da esplendor) la última es la más flexible y la que más genes de futuro tiene. En este sentido, recordemos que, como sucede en la armonía del universo, lo que es flexible no se rompe. Así sucede también con el lenguaje y el idioma. El nuestro es un universo de universos que se sostiene en la punta de cada lengua que lo habla.

[Publicado el 24/5/2018 a las 12:13]

[Etiquetas: lenguaje, idioma español, revolución digital, poíticamente correcto, feminismo, ]

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Elogio de la contradicción

Si la palabra texto viene de tejido, la escritura literaria podría asemejarse a una urdimbre en tensión. Imaginemos un arpa reticulada, es decir, un instrumento de la imaginación que entrelazara cuerdas de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba, aunque también de forma diagonal. A diferencia de la lógica cartesiana, el pensamiento literario tiene particularidades que lo distinguen de otras formas de conocimiento como la filosofía, la sociología o la ciencia porque su fortaleza está en la ambigüedad, el encuentro de los opuestos y la verdad que se produce sin buscarla premeditadamente. En este sentido, es posible pensar que la columna vertebral del pensamiento literario se encuentra en la contradicción. Es en el encuentro de los opuestos, es decir, en la posibilidad de afirmar y negar algo al mismo tiempo, donde radica el poder de la literatura frente a otras disciplinas y su capacidad única para ponerlas en diálogo. Enfrentar a los personajes en el caso de la novela o los deslumbramientos que pueden provocar figuras poéticas como el oxímoron, ayudan a construir realidades y pensamientos que, sin ser raciocinios, producen una idea de comprensión.

Invisible, luz fría, decía Octavio Paz para provocar la sorpresa de la verdad a partir de un choque de palabras que terminan por develar algo. La luz es invisible y visible a un tiempo, pero también puede ser fría sin que sepamos explicar por qué, aunque lo entendamos.

Taylor Kressman escribió en 1938 el mítico Paradero desconocido. En ese relato, aturdidos por el devenir de la historia, dos antiguos socios y amigos se ven enfrentados a partir del dilema que les produce el avance del nazismo. Vuelta enfrentamiento y guerra personal, la realidad tensa la relación entre Max Eisenstein, un judío que es marchante de arte en San Francisco y su antiguo socio, Martin Schulse, que ha regresado a Alemania para sumarse a la militancia hitleriana, a la que admira y teme. Cuando el judío escribe a su amigo con el fin de que le ayude a sacar a su hermana de Alemania, en respuesta va recibiendo evasivas, negativas y silencio, hasta que ya no es posible rescatar a nadie. Es entonces cuando la idea de venganza se instala en la punta de un opuesto. Desde ese momento el defensor del arte y lo sublime se convierte en un depredador que caza a su presa, usando precisamente el discurso del arte y la belleza como flecha y arco. A partir de una relación epistolar, los antagonistas aprovechan el silencio o la palabra para destruirse mutuamente. En el telón de fondo, la realidad se impone como sucede con la verdad: a fragmentos. El ejemplo es nítido: Es aquí donde, valiéndose de la contradicción, el pensamiento literario encuentra en la escritura fragmentaria y en la elipsis (ese silencio que activa la capacidad de suponer) dos instrumentos adicionales que le otorgan a la literatura el poder de habitar simultáneamente en planos muy distintos: la guerra íntima de las emociones personales, la reflexión sobre el papel del arte en la política y el gran mundo de los temas macro como escenario en el que se mueve el terror, en este caso el nazismo. La multiplicidad de ese tejido y sus cuerdas tensadas engendran la ilusión de contemplar la intimidad y el mundo como una misma cosa. Mientras escribo me viene a la cabeza el cuadro de Gustave Courbet, El origen del mundo. En esas sábanas, el arte de mentir nos deja ver (además) un arpa y una esfera. Si miramos de cerca el tejido, resulta sorprendente advertir como la contradicción, el silencio y el fragmento producen un resultado opuesto que, a modo de negativo, se traduce en un texto capaz de erigirse en voz, en denuncia involuntaria y en comprensión de la complejidad. Nada más alentador que vernos reflejados en lo que somos: seres contradictorios, incapaces de separar emoción y razón, como la literatura.  

[Publicado el 11/5/2018 a las 14:59]

[Etiquetas: Principio de contradicción literatura lenguaje fabrica pensamiento literario]

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Foto autor

Biografía

Nació en la ciudad de México el 29 de enero de 1970. Narrador y ensayista. Estudió el doctorado en Humanidades en la Unversitat Pompeu Fabra; graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en los diarios El País, El Universal y El Faro; en los suplementos culturales Laberinto de Milenio Diario y Confabulario de El Universal; en las revistas Revuelta, Gatopardo, Casa del Tiempo, Quimera y Granta en español. Dio clases de literatura del siglo XX en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Director y fundador del Centro Cultural El Octavo Día (1996-1999). Editor y cofundador con Guadalupe Nettel de Número 0. Revista periférica de literatura. Ha sido becario en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores y también del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Premio de cuento Viceversa (1996), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2003, por su libro de cuentos Agenda del suicido. Finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2011 por La fábrica del lenguaje, S.A. Textos suyos figuran en diversas antologías, entre estas destacan Los mejores cuentos mexicanos (Planeta, 1999); Novísimos Cuentos de la República Mexicana (FONCA, 2005); Grandes hits, nueva generación de narradores mexicanos (Almadía, 2008); así como la selección Marie Ange Brillaud hiciera para la revista francesa Brèves. En 2012 participó en la primera expedición interdisciplinaria del Proyecto Clipperton, viaje que le sirvió para poner punto final a su más reciente novela Clipperton (Random House. 2015). Ha sido conferenciante en distintos foros sobre el futuro del idioma español, como el seminario "Amigos del español" en la sede de Naciones Unidas de Viena; el Seminario Pensamiento y Ciencia Contemporáneos de Madrid o el Foro Internacional del Español. Entre 2013 y 2018 fue consejero cultural de la Embajada de México y director del Instituto Cultural de México en España. Actualmente se desempeña como consejero cultural de la embajada de México en Portugal.  

Bibliografía

Clipperton (Literatura Random House, 2015) 

 

 

La Fábrica del Lenguaje, S.A. (Anagrama, 2011) 

 

 

Agenda del suicidio (Tumbona, 2003) 

Obras asociadas

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